Cementerio de barcos

22°27′00″N 91°45′00″E

El Cementerio de Barcos Más Grande del Mundo: Documentando el Infierno en la Tierra – Bangladesh

Visitar el cementerio de barcos de Chittagong, en Bangladesh, fue una de las experiencias más intensas, complejas y difíciles de toda mi vida viajando y documentando culturas. Este lugar, considerado por muchos como el infierno en la tierra, es también uno de los escenarios laborales más peligrosos del planeta. Allí se desguazan cientos de barcos gigantescos cada año, en condiciones que desafían cualquier límite humano.

Llegar no fue sencillo. Para acceder al área de desguace tuvimos que viajar hasta Chittagong, la ciudad donde se ubica el puerto más grande de Bangladesh. Desde hace años, el ingreso está prácticamente prohibido para extranjeros, especialmente para quienes portan cámaras. Las denuncias periodísticas sobre las condiciones de los trabajadores hicieron que la vigilancia aumentara y que muchos visitantes fueran expulsados de inmediato. Por eso fue clave contar con la ayuda de Jowel, de Royal Bengala Tours, quien actuó como fixer y nos acompañó durante todo el proceso.

Un infierno industrial de 18 kilómetros

El origen de este gigantesco cementerio marítimo se remonta a 1960, cuando un ciclón hizo encallar un buque en las costas de la Bahía de Bengala. La empresa Chittagong Steel se encargó de desmontarlo y, al ver la rentabilidad, el proceso se convirtió en una industria nacional.

Hoy, los astilleros ocupan alrededor de 18 kilómetros de costa, donde más de 200.000 trabajadores desmantelan hasta 100 barcos por año. El acero recuperado representa aproximadamente el 50% del acero total utilizado en Bangladesh.

El proceso es brutal: los barcos son impulsados a toda velocidad hacia la playa, donde un capitán local —el único capaz de realizar esta maniobra— los encalla con una violencia que marca el inicio del desguace. A partir de allí comienza una labor manual, física y extremadamente peligrosa.

Condiciones laborales extremas

Pudimos ver de cerca cómo se vive dentro de los astilleros. La mayoría de los trabajadores gana alrededor de 5 dólares por día, en jornadas interminables rodeados de metal caliente, óxido, pintura y maquinaria pesada.

La falta de protección es absoluta: hombres descalzos trabajando entre planchas de acero, manos sumergidas en brea sin guantes, jóvenes cargando piezas metálicas de cientos de kilos, todo bajo un ruido ensordecedor del martilleo y del corte de las estructuras.

La esperanza de vida apenas supera los 60 años, y las historias de accidentes, mutilaciones, ceguera y enfermedades respiratorias son parte cotidiana de la realidad del shipbreaking. La edad mínima para trabajar es de 14 años, aunque muchos parecen incluso menores.

Se respira pintura quemada, amianto, gases residuales de combustibles y vapores tóxicos. Cada paso es un riesgo: explosiones, caídas, aplastamientos, electrocuciones. Las cifras extraoficiales indican que casi todos los días ocurre una muerte en alguno de los desguaces.

Intentos fallidos, expulsiones y un acceso a través del mar

En varias ocasiones nos echaron de las playas apenas nos acercábamos. La desconfianza hacia los visitantes es enorme. Finalmente conseguimos que un barquero nos llevara mar adentro para acercarnos a los gigantes varados desde otra perspectiva. No fue fácil: muchos barqueros temen represalias y se niegan a transportar extranjeros.

Desde el agua, la escena es aún más impactante: barcos de 300 metros de largo abiertos como si fueran latas, cientos de hombres diminutos en comparación con esas moles de acero, cadenas colgando, chispas cayendo al mar, y un olor penetrante que irritaba los ojos.

Entre contaminación, economía y desigualdad global

El desguace de barcos genera residuos imposibles de reutilizar: aceites, combustibles, líquidos hidráulicos y materiales tóxicos que históricamente quedaron esparcidos por la playa. Tras años de denuncias, se han implementado tímidos intentos de regulación, pero el impacto ambiental continúa siendo dramático.

Conversando con locales, muchos defendían esta actividad argumentando que “alguien tiene que hacerlo”. Antes, estos barcos se hundían deliberadamente en el océano, contaminando grandes áreas. Hoy, al menos, gran parte de sus materiales se reciclan.

Pero esta justificación no alcanza para ocultar un dilema profundo: ¿por qué países con estrictas políticas ambientales —como Noruega o varias naciones europeas— envían sus barcos aquí, para ser desmantelados en condiciones que jamás permitirían en casa?

Bangladesh es uno de los países más afectados por la contaminación de sus aguas: casi un tercio de la población está expuesta al consumo de agua con arsénico. Mientras tanto, la mano de obra barata y la falta de regulaciones permiten que los astilleros generen ganancias de hasta un 200% por barco.

Los buques se compran por entre 200.000 y 300.000 dólares, y la venta de acero e insumos recuperados deja márgenes millonarios.

Un lugar que marca para siempre

Documentar el cementerio de barcos más grande del mundo no fue solo un trabajo: fue un golpe emocional y humano. Me enfrentó a una realidad que la mayoría del mundo prefiere ignorar, aunque se beneficie indirectamente de ella.

Bangladesh es un país lleno de contrastes, cultura vibrante y gente cálida. Pero también es un espejo crudo del desequilibrio global: un recordatorio de que mientras algunos países protegen sus costas y su bienestar, otros cargan con el peso de industrias sucias que el resto no quiere ver.

Viajar a lugares así me recuerda por qué documentar el mundo —y contarlo— es tan importante. Para mostrar la belleza, sí, pero también para mostrar la verdad.

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